Lens & Sensibility: diez años, dos mundos y una cámara de fotos que me salvó
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Han pasado diez años desde que lancé Lens & Sensibility, mi tercer bebé que me ha brindado la oportunidad de vivir de pleno mi pasión por la fotografía.
El punto de inflexión: convertirme en madre
Yo, en realidad, nunca había manifestado mucha maña para lo artístico, más allá de la escritura y de los esbozos de novela que escribí cuando era adolescente. Siempre me ha apasionado la lengua, en particular, la mía y mi sueño era ser profesora de Literatura. Los derroteros de la vida, además de condicionamientos varios (como el de mi profesora de Literatura en el instituto, que les dijo a mis padres que acabaría en el paro si seguía sus pasos. Traidora), me llevaron a estudiar Traducción e Interpretación, primero, y Marketing, mientras trabajaba como traductora y redactora en un banco.
Durante mis años de banca privada suiza, me acuerdo de que una de mis jefas puso en la temida evaluación anual que yo era una persona muy creativa. Era la primera vez que alguien me decía algo así y, aunque en ese momento no cambió nada, sí que me caló hondo el comentario y se quedó escondido en algún recodo de mi cerebro.
Cuando me quedé embarazada de Inés, un embarazo muy deseado, difícil de hacer realidad, me surgió la oportunidad de trabajar en la universidad como profesora de traducción. En ese momento, ocupaba un puesto de responsabilidad en marketing que, aunque me encantaba, representaba un ritmo de trabajo desenfrenado y estresante, bastante poco compatible con la vida de mamá que había imaginado.
Tomar la decisión de dejar el puestazo del banco requirió meses de reflexión con listas de pros y contras, conversaciones en bucle con familiares y amigos y una buena dosis de valentía. Al final, dimití durante mi baja por maternidad, aproveché para alargarla unos meses más y empecé a trabajar como profesora en la universidad cuando Inés tenía ocho meses.
Cuando pienso en esa época, recuerdo tener una especie de neblina en la cabeza, probablemente por la falta de sueño y la dificultad de cumplir en un trabajo nuevo al mismo tiempo que hacía lo posible para sobrevivir a todos los virus que Inés pillaba en la guardería.
La pérdida de mi padre
Sobreviví al primer año académico, pero, durante la comida de final de curso con mis compañeros, mi madre me llamó para contarme que le habían encontrado un tumor en el pulmón a mi padre. Cáncer en estadio IV. En un par de búsquedas en internet, quedó bastante claro que no había nada que hacer y que era solo cuestión de meses. Esos meses pasaron demasiado rápido y ya solo nos dio tiempo a pasar las Navidades con él pegado a su bombona de oxígeno. Inés acababa de cumplir un año.
El año que siguió fue extraño. Quien haya vivido un duelo de alguien tan cercano me entenderá cuando cuento que la vida sigue, que, en cierto modo, estaba aliviada de no verlo sufrir y, al mismo tiempo, el dolor es agudo, te atrapa cuando menos te lo esperas: en un viaje con amigas, una cena de trabajo… Y luego están todas las fechas: su primer cumpleaños, las primeras Navidades sin él, y esa tristeza de que tu hija no se acordará de él.
Estaba triste. Y lejos de mi familia.
El descubrimiento de la fotografía
Entonces fue cuando, no logro recordar cómo, cayó en mis manos mi primera réflex. Siempre me habían gustado mucho las fotos, tengo infinidad de álbumes de mi infancia y de mi adolescencia, me pasaba mañanas mirando las fotos de boda de mis padres, pero no sabía absolutamente nada de fotografía.
Lo mío con la réflex fue amor a primera vista, aunque con cierta sensación de amor-odio por no saber utilizarla. Lo que sí vi enseguida es que me daba mucha paz olvidarme de mi tristeza y enfocarme en la belleza de lo que me rodeaba: mi hija Inés, los impresionantes paisajes suizos, nuestros viajes…
La fotografía se convirtió en una obsesión. Empecé a seguir todas las clases en línea que encontraba; aprendía en Instagram gracias a los consejos de otras fotógrafas (qué comunidad tan bonita creamos en aquella época); me paseaba con la cámara todo el tiempo. Cuando veo las fotos de aquella época me da muchísima ternura porque lo cierto es que son muy malas, pero me siento orgullosa de haber aprendido algo desde cero yo sola y sin ningún objetivo en mente aparte de disfrutar.
Pasaron tres años y seguía igual de apasionada. Iba de curso en curso, publicaba mis fotos en Instagram, siempre nerviosa y expectante por si gustaban. Cuando alguna fotógrafa profesional elogiaba una de mis fotos, me ponía eufórica.
De afición a profesión
Entonces me quedé embarazada de Théo, otro embarazo que tardó en llegar, sobre todo porque, con la muerte de mi padre, no podía pensar en tener otro hijo y decidimos esperar (lo cual, a según qué edades, no es una buena idea, pero así fue). Ese embarazo me dio alas: estaba inspiradísima, con mucha energía y mucha más valentía que de costumbre. En esa época seleccionaron algunas de mis fotos en concursos de fotografía, todo el mundo me decía que tenía que dedicarme a la fotografía y, lo más importante, seguía igual de apasionada o más que cuando cogí la cámara por primera vez.
Así que, cuando estaba al final del embarazo, decidí que quería intentar lanzarme como fotógrafa profesional. Estaba ilusionada, pero a la vez aterrorizada: una traductora y profesora de traducción que se hace fotógrafa de repente; sentía el miedo al qué dirán y el síndrome del impostor en su máximo esplendor.
Aun así, el embarazo de Théo me tenía imparable: pasé horas y horas buscando el nombre de mi pequeño negocio de fotografía hasta que se me ocurrió Lens and Sensibility, que no podía definirme mejor con la alusión a la novela de Jane Austen, el juego de palabras y la sensibilidad que creo caracteriza mi estilo de fotografía, y empecé a organizar todo con la idea de empezar a hacer fotos de manera profesional durante mi baja por maternidad.
Los primeros pasos como fotógrafa
Dos semanas después de la cesárea, le hacía la sesión de recién nacido a Théo con ayuda de mi amigo fotógrafo Phil Maly. A cuatro semanas de dar a luz tenía mi primera sesión de fotos de familia con mis amigos Alex y Barbara. Cuando Théo tenía seis meses me fui a Florida con toda la familia para una mentoría con una fotógrafa que me encantaba, Twyla Jones. Seguí un tiempo así, aprendiendo y haciendo sesiones gratis a amigos y a conocidos para hacer un book en que no solo aparecieran mis hijos. Durante las siestas de Théo, me peleaba con Wordpress para crear mi página web y creé un blog donde compartir mis experiencias como mamá y mi amor por la fotografía.
Con la perspectiva que me han dado estos últimos diez años y las cosas que he vivido, ahora veo que llevaba un ritmo desenfrenado y que me estaba agotando, pero estaba tan ilusionada que sacaba energía de debajo de las piedras con tal de hacer realidad mis sueños.
En cuanto la página web estuvo lista y tuve un portfolio lo bastante nutrido, empecé a publicar anuncios en grupos de mamás presentándome y ofreciendo mis servicios de fotografía de maternidad, recién nacido y familia a precios razonables. Me pregunto si ahora funcionaría mi estrategia, pero en ese momento me contactaron bastantes mamás y así empecé a tener sesiones remuneradas.
Colaboraciones y crecimiento
Al mismo tiempo, mi cuenta Instagram empezaba a tener cada vez más seguidores y el blog empezó a interesar a algunas marcas infantiles de Suiza y España (Petit Stellou, My Little Room, Minimalisma, Benjie, Lasticot, Stadtlandkind…). Empecé a colaborar con ellas en proyectos de fotografía de moda infantil, decoración, juguetes… Muchas de esas marcas tienen detrás a mujeres emprendedoras e inspiradoras que se han convertido en amigas. Gracias a ellas, tengo unas fotos maravillosas de mis hijos a lo largo de los años y, probablemente también gracias a ellas, conseguí una visibilidad que no hubiera obtenido solo fotografiando a familias.
Pasaban los años y yo no perdía la motivación. Cada año tenía más clientes, familias y marcas, mi cabeza era un hervidero de ideas: minisesiones, colaboraciones multimarca, clases de fotografía… Todo lo que se me ocurría, lo hacía realidad.
La inauguración de mi propio estudio
El paso más grande de mi pequeño negocio fue hace tres años, cuando decidí abrir un estudio en mi casa. Hasta entonces, todas mis sesiones tenían lugar en exterior o en la casa de mis clientes. Pero sentía que necesitaba un espacio decorado a mi gusto donde poder recibir a mis clientes sin que ellos se tuvieran que preocupar de ordenar la casa antes de la sesión, sobre todo para las sesiones de maternidad y recién nacido.
Al principio, busqué un estudio de alquiler, pero los espacios que encontraba eran deprimentes y no tenían la luz natural con la que me gusta trabajar. Así llegué a la conclusión de que tenía el espacio perfecto en mi propia casa. Lo hablé con Philippe, que siempre me ha apoyado en mis locuras, y empecé a crear un espacio que me representara y transmitiera toda la paz del mundo.
No tenía la menor idea de si funcionaría: no es un espacio muy grande, mi casa está en un pueblo a las afueras de Ginebra… Me angustiaba que la gente no viniera o se quedara decepcionada del espacio al verlo. Sin embargo, desde el primer momento, fue todo un éxito. Las familias se desplazaban de Ginebra, Lausana e incluso de otras ciudades más alejadas, el estudio resultó ser tan versátil que me permitía crear sesiones de una gran variedad y las familias se quedaban con todas las fotos de la sesión.
En 2023 y 2024, me atrevo a decir que había conseguido poner en marcha un negocio de fotografía exitoso y rentable sin abandonar mi trabajo en la universidad ni la crianza de mis dos hijos.
Batacazos de la vida
Y entonces la vida me paró los pies. A finales de 2022, había tenido un tumor benigno en el pecho, que me extirparon en una operación de poca importancia y que, en teoría, no debía causarme problemas en el futuro. Un año más tarde, tenía el pecho salpicado de bultitos. Se trataba del mismo tumor benigno que la última vez. El problema es que no es un tipo de tumor muy conocido; hay pocos estudios y, dada la propagación, nadie me podía garantizar que no evolucionaran a malignos. Los médicos me recomendaron una mastectomía preventiva.
El mazazo fue brutal. Viví todo como una gran injusticia y me costaba mucho la idea de sacar un pecho de manera preventiva, pero, después de darle muchas vueltas y barajar los pros y los contras, decidimos ir adelante con la operación, que implicaba un parón estricto de un par de meses.
Todo salió bien y, de repente, me encontraba en casa sola sin absolutamente nada que hacer aparte de descansar y recuperarme. Pasar del ritmo desenfrenado de universidad y fotografía, de trabajar todos los fines de semana, de no descansar la mente (siempre en ebullición) a estar convaleciente y con tanto tiempo por delante fue una experiencia durísima. Me di cuenta de que estaba totalmente agotada, a un paso del burnout, y que era imposible mantener un ritmo semejante a la larga.
Esos meses fueron una pesadilla y, a la vez, un regalo de la vida. A base de terapia, meditación y deporte, comprendí muchas cosas, sobre todo que la vida no consiste solo en trabajar y que necesitaba hacer un cambio en mi vida.
Diez años después
Los dos últimos años, Lens & Sensibility ha seguido dándome muchas alegrías, he podido seguir disfrutando de la fotografía, pero con un control mucho más sano de mi energía. Empecé a mejorar mis procesos, a decir que no a todos los proyectos que no me motivaban, a reservar fines de semana para mi familia y para mí sin fotos, y llego a los 10 años de Lens & Sensibility sintiéndome muy serena, agradecida y realizada. He contado que he fotografiado a más de 100 familias. Si le añado que a una gran parte las he fotografiado cada año, la cifra de sesiones de fotos que he hecho en estos diez años es vertiginosa.
Gracias por acompañarme
Muchas gracias por haber leído mi historia y por estar a mi lado ya sea desde el principio o desde hace poco. Espero que podamos seguir disfrutando juntas de la fotografía unos años más.